La adrenalina nos impulsa

13-3-2009

… frecuentemente ponen en riesgo su vida, sin embargo la adrenalina y el impulso de ayudar no los hace percatarse de esa situación, lo que se busca en todo momento es resguardar a alguien más, por la simple satisfacción de realizar un buen servicio y recibir un “gracias” …

 

 

Raúl Zamora Huerta, socorrista

 

 

Por Isabel Ortega Osorio

 

Con la ilusión de que su único hijo de apenas 13 años de edad siga sus pasos, Raúl Zamora Huerta -voluntario en la Cruz Roja delegación Xalapa- considera que la mayor satisfacción en un día es escuchar un “gracias” de alguien a que no conocía.

 

Y es que su labor a lo largo de 25 años acumula vivencias como un accidente vial que dejó suturas en su cuerpo, apoyar en los trabajos de rescate de una persona en el terremoto del 85 y escalar el Pico de Orizaba para recuperar el cuerpo de un joven que perdió la vida al practicar alpinismo.

 

Cursando apenas la secundaria –a los 15 años- tuvo su primer contacto con la vocación de servicio, personal de la Benemérita Institución visitó el plantel educativo al que asistía para invitar a los jóvenes a un curso de Primeros Auxilios y poder así formar parte de la CR, “me nació esa inquietud y asistí”.

 

Ante la incredulidad de sus padres, el adolescente siguió con la labor que lo ha convertido en uno de los comandantes con mayor trayectoria en la institución altruista.

 

“Fue ir caminando poco a poco y ver que se puede hacer algo por alguien sin conocerlo, vamos (a un accidente) a atender a gente que en la vida nos imaginamos conocer, con la que a lo mejor nace una amistad”.

 

Desde 1983 Zamora Huerta dedica un “poquito” de su tiempo libre en prestar auxilio a los xalapeños y gente de la región, que por circunstancias se han visto en la necesidad de recibir el apoyo de la Cruz Roja. Y es que a los 15 años, para la mayoría de los jóvenes, las prioridades son otras pero no disponer de su tiempo y dinero para invertirlo a favor de desconocidos.

 

En su relato detalla como continuó con sus estudios, aspiraba a ser licenciado en Administración, sin embargo, circunstancias lo obligan a dejar la educación superior, empieza a laborar en el Instituto Mexicano del Seguro Social, en donde al igual que en su trabajo como voluntario, se empeñó en seguir escalando puestos, que ahora le permiten tener un “buen sueldo” para donar su tiempo a la institución y dedicar todas las noches de sábado a su guardia en la CR y atender llamadas de auxilio.

 

“Y cuando salgo de vacaciones vengo todo el día, cada sábado me toca la guardia desde las nueve de la noche hasta las nueve de la mañana… en ocasiones se reciben llamadas de broma, por ejemplo hace quince días pidieron un auxilio en Las Vigas, perdimos una hora en subir y nunca encontramos nada, ese tiempo pudo haber sido valioso para apoyar a alguien más”.

 

La adrenalina y los logros obtenidos “paso a paso” lo impulsaron a seguir prestando su servicio voluntario, que podría haberse truncado tres meses después cuando en lugar de socorrer fue el auxiliado.

 

“Una vez nos accidentamos, íbamos a atender una llamada y la imprudencia de un automovilista -que se paso el alto- provocó un choque,  nos impactamos en un poste, fue como de película, salían chispas de todos lados”, relató.

 

El incidente le dejó marcas en su cuerpo y un diente roto, “pensé que mis papás no me iban dejar continuar, pero el comandante que estaba en ese entonces habló con ellos y los convenció. Yo venía a prestar un servicio y me encontraron con varias suturas en la mano”.

 

Dos años más tarde –en 1985-  el elemento de la Cruz Roja se trasladó a la Ciudad de México, un movimiento telúrico había colapsado a la ciudad, la ayuda era indispensable para cientos de personas que aun con vida permanecían en el interior de sus casas, edificios, en lugares casi imposibles de acceder.

 

Por más de tres meses prestó toda la ayuda posible, no había tiempo para aburrirse o extrañar a la familia, el trabajo era arduo las 24 horas del día. Se descargaban camiones completos con apoyo para los afectados, se instalaban casas de campaña, incluso –recuerda- se recogían escombros.

 

“Comíamos ahí y cuando había oportunidad podríamos descansar en las noches”, recuerda.

 

El día que significó su mejor experiencia -la más impactante a sus 15 años de edad- fue cuando en la delegación de la Cruz Roja se recibió una llamada pidiendo auxilio, habían localizado a una persona en una construcción, llevaba por lo menos tres días atrapada.

 

“Un edifico se colapsó y se tuvo que descender hasta un tercer piso mediante un boquete, se descendió en cuerdas para sacarlo por ahí” narró al tiempo que dijo familiares y vecinos  formaron una fila para  presenciar el acto heroico “todo el mundo aplaudiéndole a él que pudo sobrevivir a esta situación… era unseñor de por lo menos 40 años de edad presentaba fracturas y hubo que inmovilizarlo”.

 

Otra experiencia importante fue en un mes de diciembre, sin recordar el año, relata como en por lo menos tres ocasiones se vieron en la necesidad de escalar el Pico de Orizaba y es que al lugar llegaban visitantes inexpertos de todas partes de la Republica que escalaban hasta la cumbre.

 

“Hubo accidentados, lastimados y otras veces cuerpos sin vida… era un muchachito joven de Monterrey  lo tuvimos que bajar hasta una población que se llama Tlalchiluca porque ahí estaba la autoridad para dar fe al rescate”.

 

El voluntario con 25 años de experiencia refiere que frecuentemente ponen en riesgo su vida, sin embargo la adrenalina y el impulso de ayudar no los hace percatarse de esa situación, lo que se busca en todo momento es resguardar a alguien más, por la simple satisfacción de realizar un buen servicio y recibir un “gracias”.

 

Zamora Huerta lamenta que la ciudadanía aún no haya aprendido a valorar su noble labor y el importante esfuerzo que hacen instituciones como la Cruz Roja para apoyar a la ciudadanía, “hay que aprender a apreciar más la vida”.

 

Y a pesar de los riesgos y los sacrificios de  tiempo el comandante se dijo convencido que si su único hijo de apenas 13 años decide ser voluntario en la benemérita institución estaría en la disponibilidad de apoyarlo.

 

 “A él no le ha nacido (la inquietud), pero si en algún momento quiere, se le apoyaría… estar aquí te ayuda a darte cierta formación (académica), me ha permitido dentro de mi trabajo tratar de hacer bien las cosas y ser responsable”, revela.

 

El héroe anónimo, para la mayoría de las personas,  recuerda su última hazaña, luego de recibir una llamada de auxilio se trasladaron a Coapexpan, ahí una señora mayor de edad había caído en el patio de su casa, en una pendiente.

 

“Había que sacarla con sistema de cuerdas, lo que me gusto fue el entendimiento de la señora, que colaboró con nosotros… la subimos perpendicular, llego a la superficie y nos dijo gracias”, narró.

 

Días después, recuerda, que llevaron una carta a la delegación en donde la señora agradecía aun sin saber los nombres de las voluntarios, la ayuda que le prestaron.

 

“Cuando mis compañeros y yo leímos la carta fue como nuestro premio, no es muy frecuente que reconozcan nuestra labor, sin embargo, aquí seguimos”.

PCHéroes

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